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Relato

Desintegrada

Tengo un vago recuerdo de cómo comencé a desintegrarme, aunque el cuándo desapareció de mi cabeza en cuanto se desvaneció el último espacio lógico de mi cerebro.

La primera vez fue sutil, ¡me desapareció una oreja! Como tenemos dos y seguía escuchando, no me percaté hasta pasadas algunas horas del incidente. Recuerdo que estaba trabajando y me llamaron para que me encargase de las labores de una compañera que tenía un compromiso personal y no iba a poder hacerse cargo.

Yo estaba hasta arriba de trabajo y conocía bien los "compromisos personales" de esta compañera, que generalmente incluían al jefe del departamento en las horas de la merienda. Sin embargo, acepté sin rechistar, recordando a mi madre que siempre podía con todo.

Mi madre es de esas mujeres que, aunque esté en su peor momento, aunque la traten de manera poco amable, siempre tiene una sonrisa y buena disposición para complacer a cualquiera que venga a pedirle algo. Y así crecí yo, viéndola y escuchándola decir que sí a diestra y siniestra, aunque las más de las veces, casi inmediatamente, se entregase al llanto o a la ira.

La cosa es que aquel día al terminar mi jornada laboral, agotada tras haberme dedicado a trabajar por dos, quise escuchar una música suave para relajarme mientras iba de camino a casa y me encontré con que me faltaba la oreja izquierda.

Me palpé la cabeza frenéticamente, sin comprender cómo había podido ocurrir aquello. Busqué por todas partes esa oreja que durante tanto tiempo di por sentada, lloré, grité, vacié mi bolso en medio de la calle a ver si la encontraba escondida entre las páginas del libro que llevaba o en el estuche de los lentes, pero nada. Simplemente se había esfumado.

Pasó el tiempo y la impresión que me había causado aquel episodio también se desvaneció, quizás porque, entretanto, ya había perdido algunos dedos, la mitad de un pie, una pantorrilla y una teta. Me miraba al espejo y veía los retazos que le faltaban a este cuerpo y no sentía ya ninguna conmoción, dentro de mi cabeza todos los miembros perdidos parecían mantenerse en su sitio, como las extremidades “fantasmas” de los amputados. Me había acostumbrado a la pérdida de mi propio ser.

Seguí pasando por la vida asegurándome de mantener contentos a mis jefes, a mis amigos, a la pareja de turno y sobre todo a mi familia, aceptando y hasta agradeciendo todo lo que exigían de mí mientras iban alimentando la absurda necesidad de sentirme útil y la falsa certeza de ser imprescindible.

Cierta vez, volviendo del mercado a la casa que le estaba pagando al fulano de turno quien, como casi todos los días, hallábase cómodamente acostado en la cama que yo le había comprado leyendo alguna intensidad de Samuel Beckett, me di cuenta de que se me estaba desvaneciendo el corazón.

No era una sensación desagradable, al contrario, sentía como una efervescencia en el pecho, como cuando el Alka seltzer empieza a desintegrarse en el agua y comienzan a elevarse miles de burbujitas que se funden con el aire. Me sentí liviana, casi etérea, mientras acomodaba las cosas que le había comprado al fulano para que tuviera qué comer durante la semana.

Él apenas levantó la vista, con un dedo lánguido y su sonrisa burlona señaló el agujero que se empezaba a dibujar en mi pecho y volvió plácidamente a su lectura. Yo miré hacia abajo y también sonreí.

Terminé de colocar las cosas en la cocina, le preparé la cena y me despedí frente al único espejo que decoraba la entrada de la habitación. Salí a la oscuridad de la noche y caminé sin rumbo dejando a mi paso una estela como de espuma, como de escarcha, sintiendo cada vez más ligereza, casi completamente convertida en viento, confundiéndome con el sonido de las hojas de los árboles bailando al son de la brisa otoñal.

Esa fue la última vez que [me] sentí.

— Aleana Adán Legarra

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